Una realidad que alarma, sobre todo en el centro de nuestra ciudad de San Miguel de Tucumán, es la impresionante proliferación de ruidos que envuelven prácticamente todos los ámbitos de la vida diaria. Los bocinazos de automotores –que durante largo tiempo estuvieron contenidos por la amenaza de multas- ya se han hecho cosa común. Desde los negocios, sale la música a todo volumen: inclusive, la irradian los pequeños aparatos de vendedores callejeros de grabaciones, que vocean a gritos su mercadería ilegal.
No hay negocio de la ciudad, que no mantenga constantemente encendido su televisor, para cooperar al ruido generalizado. En las veredas, cantantes con sus guitarras o simplemente golpeando objetos, se agregan al concierto. Y es más que frecuente que recorra las calles alguna manifestación, de protesta o de alegría, con su cortejo de bombas de estruendo y de tandas que irradian altavoces.
Inclusive, dentro de las avenidas, suelen pasar jardineras o camionetas destartaladas equipadas con un amplificador, a través del cual vocean su propaganda. Todo esto se prolonga hasta altas horas de la noche. Autos y motocicletas con escape libre surcan raudos las arterias de la ciudad: algunos de sus conductores van esparciendo la música que emiten sus potentes aparatos. Lo mismo ocurre con los utilitarios dedicados a “promociones”. Y bien se sabe que el que tiene la desgracia de residir en las inmediaciones de bares o de boliches, debe acostumbrarse a la constante e injusta alteración de su reposo nocturno.
El panorama puede todavía enriquecerse con el concierto que rodea al flamante egresado universitario, cuando sonríe, semidesnudo y pintarrajeado, desde la caja de una camioneta o desde el baúl de un auto. Detrás, van oprimiendo furiosamente la bocina de sus vehículos, los alborozados compañeros que acompañan el acontecimiento.
Mucho se ha escrito sobre el impacto que la agresión sonora hace sobre la psiquis de las personas. Es algo que, en las ciudades civilizadas, mueve una rigurosa acción de las autoridades. Muy otra cosa suceda en estas latitudes. Entre nosotros, el ruido permanente e indiscriminado parece ser algo que todos tiene derecho de producir, en la medida en que se les antoja, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia y a cualquier hora.
Nadie parece tener en cuenta que de ese modo se agrede peligrosamente el sistema nervioso de las personas, perturbando su equilibrio psíquico y perjudicando la actividad cotidiana que desarrollan.
No es la primera vez que, en esta columna, nos referimos a tan deplorable fenómeno. Nos parece que ha llegado el momento de que la Municipalidad de San Miguel de Tucumán encare seriamente una política frontal respecto del ruido urbano. Si no será posible nunca suprimirlo completamente, sí lo es reducirlo a niveles muy inferiores a los que actualmente debemos soportar como normales.
Pero sin duda que, como es de rigor en estos casos, la acción de las autoridades quedará esterilizada en gran medida, si no la acompaña una sincera toma de conciencia de la comunidad, sobre lo beneficioso que resultaría, para la vida diaria de todos, una ciudad rodeada del menor ruido posible. Sería oportuno que cada ciudadano se formule, desde el ámbito que le corresponde, un propósito concreto de cambio en esta temática.